» Importancia para el Sistema Nacional de Salud. Rafael Lleguet

LA ESPECIALIDAD DE ENFERMERÍA DE SALUD FAMILIAR Y COMUNITARIA

El Sistema Nacional de Salud, ya desde la promulgación de la Ley General de Sanidad en 1986, realizó una apuesta muy concreta, basando sus reformas alrededor de la Atención Primaria de Salud.

No se trataba tan solo de un mero marco organizativo dentro del propio Sistema sino, sobre todo, de una filosofía asistencial centrada en la cercanía a los ciudadanos, la prevención y la educación sanitaria frente al modelo curativo, marcadamente biomédico, imperante hasta ese momento.

Un enfoque de estas características sorprendió, en primer lugar a los propios profesionales de la salud acostumbrados como estábamos por aquel entonces a una praxis hospitalocentrista y supuso un reto para todos. Muy especialmente para los profesionales de Enfermería. Empezaba a calar en la sociedad y en las propias administraciones sanitarias aquello del cuidar versus curar que ya se presentaba como señal identificativa de una actividad que dejaba de ser “profesión al servicio de otra” para constituirse en “profesión al servicio de la sociedad”.

El objetivo de la administración sanitaria no era solo acercar la provisión de servicios a las personas, la familia y la comunidad sino, a su vez, ir creando una cultura capaz de racionalizar el consumo de ese nivel –que llamamos no sé si con mucho acierto “especializado”, descargar los servicios de urgencias, informar en materia de salud y fomentar el autocuidado mediante la inserción social de los agentes de salud. Objetivos, pues, extraordinariamente relevantes.

La Enfermería, procedente de modo mayoritario de la Atención Especializada, se trasladó al nivel Primario para comenzar a ejercer esas nuevas funciones en el marco de lo que había de ser un trabajo en equipo inicialmente muy motivador.

No pudo ser casual que, ya en 1987, un Real Decreto brindara la posibilidad de especializarse en Salud Comunitaria. Indudablemente, aquella primera voluntad obedecía a la necesidad de proporcionar una formación específica de la que adolecíamos sencillamente porque estabamos preparados para otro modelo previo.

Como siempre, el instinto autodidacta de los enfermeros nos puso en el camino para intentar responder a las nuevas demandas y algunos consiguieron estar a la altura de las circunstancias. Indudablemente, no todos.

Nos encontramos con incapacidades manifiestas para afrontar los nuevos retos de la atención primaria de salud. Nos encontramos con confesadas decepciones de quien pensaba que, por fin, podría descansar después de largos años corriendo por los pasillos de las unidades de hospitalización hospitalaria. Nos encontramos –y forma parte de nuestra historia- con el peso de algunos hábitos arraigados que habían convertido al profesional de enfermería en expendedores de recetas o administradores de inyectables.

La neurosis entre lo deseable y la realidad cotidiana se hizo visible a corto plazo. Enseguida vimos que aquellas reformas no se acompañaban de los recursos e instrumentos necesarios para poderlos llevar a cabo con eficacia. Una prueba de ello es que han tenido que transcurrir quince años para que volvamos a hablar de la necesidad de especialización en este ámbito.

Si, durante ese tiempo, la especialidad de Enfermería Comunitaria (que ahora reformulamos como de Enfermería familiar y Comunitaria) ha carecido de importancia, tendríamos que inferir que también carecía de ella la misma atención primaria de salud y –aún hoy- o mucho me equivoco o hemos de reconocer que la práctica hospitalaria sigue siendo el centro de atención, no solo de las distintas administraciones sino, incluso, de los propios profesionales de la salud. Probablemente por los elevados costes que conlleva, por ser el baluarte de las nuevas y sofisticadas tecnologías, por razones de un mal entendido “prestigio profesional”, etc.

Un enorme error. Por eso hemos de volver a plantearnos seriamente cuales son las prioridades a comienzos de este siglo XXI en materia de salud. De ahí que, cuando vemos la inminencia de una especialidad como ésta comprendemos que su desarrollo no responde a un mero interés corporativo sino a exigencias profundas de una sociedad a la que –tanto políticos como enfermeros- decimos servir.

La Organización Mundial de la Salud ha puesto de relieve cómo la misión de la Enfermería en la sociedad es ayudar a los individuos, familias y grupos a determinar y conseguir su potencial físico, mental y social y a realizarlo dentro del contexto en que viven y trabajan.

El envejecimiento de la población, el incremento de enfermedades crónicas y los cambios en la morbi-mortalidad apuntan hacia el profesional de enfermería comunitaria como el referente principal de las familias. Es cada vez más evidente que los propios familiares necesitan apoyo para desempeñar su papel de cuidadores con lo que ello implica de soporte emocional y asesoramiento.

La misma progresiva incorporación de la mujer al mercado laboral hace que muchos de los cuidados que, tradicionalmente, han sido prestados por ella deban ser asumidos por el sistema de salud. La tendencia hospitalaria, por otro lado, se perfila progresivamente con un mínimo de estancias y el peso de los cuidados se traslada al domicilio.

La tan aireada “promoción de la salud”, continua siendo un tema pendiente de desarrollo integral dentro de la oferta de servicios brindados por el Sistema sanitario. En definitiva, un Sistema Nacional de Salud que se plantee seriamente mejorar y fomentar la salud de los ciudadanos no puede centrar su atención –ni siquiera preferentemente- en construir hospitales y potenciar, aunque sea de forma subconsciente, una sanidad exclusivamente curativa.

Es imprescindible favorecer cada vez más ese primer nivel de asistencia, entre otros extremos, activando y asegurando la formación de sus profesionales por la vía de la especialización.

Y en ese momento nos encontramos hoy. La descentralización recientemente culminada al concluir el proceso transferencial de competencias sanitarias, hace posible retomar estos cambios de orientación aunque, a primera vista, pueda aparecernos como más complejo el llevarlos a cabo en la práctica.

No debemos olvidar que será el gobierno de España quien establezca los títulos de enfermero especialista pero, a renglón seguido, habrán de ser nuestras Comunidades Autónomas quienes acepten o no el reto y el compromiso de abrir unidades docentes para su formación e incorporación, en tales términos, al mercado de trabajo. De nada serviría crear especialistas si el propio sistema no prevé, como vinculante, su contratación en calidad de tales. Sería una burla además de un evidente signo de ineficiencia.

Por eso, también este “novedoso” aunque antiguo proceso de especialización enfermera, constituye una llamada a la coordinación de nuestro actual Sistema Nacional de Salud y estoy convencido de que, desde las distintas Consejerías, se estimará en lo que vale esta peculiar competencia del enfermero especialista a la hora de catalogar los puestos de trabajo.

Seguramente se requerirá una mayor inversión, una ampliación de recursos que, enseguida, volverán al sistema en términos de mejores indicadores, de mayor satisfacción de los usuarios y, en definitiva, de más bienestar.

Nada resulta tan caro –aunque hasta ahora pareciera lo contrario- que enfrentar a un alumno, recién finalizada su carrera, a una unidad de vigilancia intensiva, a una unidad de diálisis o a una consulta de enfermería. Se trataba tan solo de las falsas apariencias de una polivalencia que aun simplificando la gestión en el día a día, se tornaba ineficaz e ineficiente para un Sistema Nacional de Salud que se encuentra en el séptimo lugar del mundo en cuanto a su calidad.

Ahora se da un paso hacia delante y repito que no para contentar a un sector determinado sino para ser coherentes con la demanda social que exige cada vez mayor cualificación y las máximas garantías.

Este Sistema Nacional de Salud del que nos sentimos orgullosos no puede seguir obviando que la mayoría de los que están aquí hoy sois ya –de hecho aunque no de derecho- especialistas en Salud Familiar y Comunitaria.

Pero, miremos también hacia el interior de nuestra profesión. Es necesario poner resultados sobre la mesa. Hemos sido capaces, en este tiempo, de describir lo que hacemos y las metodologías que empleamos en nuestro trabajo. Gran parte de ello está publicado y al alcance de cualquiera. Ahora bien, cuál es su repercusión sobre los ciudadanos, en términos de indicadores de salud, para qué sirve lo que hacemos y en qué mejora concretamente el estado de salud de aquellos es algo que, desde mi punto de vista y tal vez ignorancia, constituye un quehacer aún pendiente. Y lo que no está escrito no existe. Seguramente sea también la especialización quien aporte instrumentos para que el Sistema disponga de esta información, de forma rigurosa y científica.

La acción comunitaria constituye una necesidad que sobrepasa hoy nuestras fronteras y es destacada, por ejemplo, en el Tratado de Mastricht en el que se define, como una de sus estrategias, la necesidad de preparar personal especializado y especialmente el de enfermería para liderar esta acción. La Organización Mundial de la Salud, por su parte, incide en el documento Salud 21 (1998), donde se revisan las metas de Salud para todos, en la urgente necesidad de preparar una enfermera de familia que trabaje en equipo con el médico de familia, y aúnen sus competencias para obtener mejores resultados en la salud de la población.

Nuestro Sistema Sanitario precisa definir, de esta forma, el papel que debe jugar la enfermera en Atención Primaria sin definiciones genéricas como las efectuadas hasta la fecha. No debe importarle tanto la salud como “el cuidado de la salud” y eso, solo es posible, otorgando mayores responsabilidades a enfermería. Si, como solemos decir, pretendemos añadir vida a los años y es éste un reto asumido por todos, no cabe duda que la contribución a ese propósito de la enfermería especializada en Salud Familiar y Comunitaria es una necesidad –que no una moda- a la que, hasta donde se, la Administración está prestando atención preferente en estos momentos.

También la experiencia internacional, en este sentido, pone de relieve que los ejes estratégicos que aportan un mejor resultado son, precisamente, hacer de la Atención Primaria de Salud el Centro mismo del Sistema y desarrollar los denominados sistemas integrados de salud.

Sin demagogias ni grandes declaraciones de principio hemos de admitir que nuestro Sistema necesita, y los ciudadanos lo exigen, la presencia de profesionales de la Salud cada vez más competentes, más cualificados. En una palabra, verdaderos especialistas en su ámbito de ejercicio. Sin ellos, podremos decir muchas cosas pero el Sistema seguirá adoleciendo de voluntarismo, insuficiencia científica y, con ello, ineficacia.

Después de quince años de parálisis administrativa en esta materia, la Administración ha comprendido esta carencia y, con ello, serán los ciudadanos quienes comprendan mejor que nunca que aquellos que tienen responsabilidades en política sanitaria se esfuerzan, también en este momento, por ser coherentes con sus necesidades a la hora de crear, espero que definitivamente, Enfermeros Especialistas en Salud Familiar y Comunitaria.

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